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LAS JUGADAS DE EL LIMÓN
Dentro del anecdotario de la ciudad existe una serie de aspectos que son dignos de narrar, el movimiento de la población de ayer en el sentido migratorio podríamos catalogarlo de exiguo, los portocruzanos viajaban a Caracas y otras ciudades de Venezuela, en forma limitada y cuando lo decidían, como en otras ciudades del oriente venezolano, permanecían por muchos días preparando el viaje. Sin embargo, estas regiones orientales, poseían hacia sus pobladores, un atractivo incomparable en su movilización hacia el medio rural, sobre todo los habitantes de Pozuelos, quienes realizaban, fundamentalmente los fines de semana, verdaderas romerías hacia los pueblos ribereños del Neverí, El Rincón, Putucual, Carrizal, Cambural, Pekín, Carrasposo, San Diego, etc. y hacia la serranía, los vecindarios de El Limón y San Pedro de la Peonía eran los más visitados.
Los atractivos que poseía El Limón para los individuos de la época, no era sólo el agradable clima del que disfrutaban, sino también la serie de jugadas que se producían en el pequeño pueblo, el juego de dados era la orden del día y muchos eran atraídos, como aficionados en el constante maraqueo de los huesos. Eran innumerables, las personas que concurrían al negocio de Eustacio (Cato) Sosa, quien atendía con cordialidad a los visitantes y proveía además de las bebidas espirituosas, todo lo necesario para la ejecución de las jugadas; eran largas jornadas de fines de semana, las que se escenificaban en aquel vecindario que durante los otros días permanecía quieto y dormido. A las jugadas de dados se sumaban los grandes desafíos de gallos que se celebraban en la gallera del mismo negocio de “Cato”.
Es referencial y digno de narrarse las situaciones que se vivían en aquellas jugadas de El Limón; Bernardo Sosa, hermano de “Cato”, fungía como comisario del pueblo y trataba de poner orden en la comunidad.
Indudablemente que había dos poderes dentro de aquel pequeño vecindario, el económico, del cual era ductor, “Cato” Sosa y el político, en manos de su hermano Bernardo; el primero, con sembradíos de caña, café y otros frutos menores, al mismo tiempo que poseía los negocios del pueblo, bodega, gallera y jugadas; el segundo, con el cobro de las tasas de juegos y la imposición de su carácter en El Limón de entonces.
En el vecindario El Limón se tienen muchos recuerdos y los jugadores de la época rememoran con deleite las grandes parrandas y jugadas que se escenificaron en aquel entonces, en el cual se podía transitar por los caminos en horas de la noche y a pie al filo de la madrugada, cuando se venían por aquellas vías pedestres en las estribaciones del cerro que conducían al atractivo Limón.
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