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Puerto La Cruz lunes, 08 de septiembre de 2008
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La santa paciencia Imprimir E-Mail
escrito por Padre Ángelo Ferraro   
domingo, 01 de junio de 2008

Tengo la impresión de que está recobrando lentamente su prestigio esta vieja virtud bíblica y cristiana que, aunque fuera del triángulo de las teologales y del cuadrilátero de las cardinales, tuvo siempre un gran prestigio entre los buscadores de la santidad. Consulto mi viejo diccionario bíblico y compruebo cómo la palabra paciencia figura en cuarenta y cinco textos sagrados, entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Doy por seguro, aunque en esto otro no es tan fácil el recuento, que son aún más numerosos otros pasajes bíblicos en los que, sin utilizar la palabra paciencia, se describe o se insinúa al menos, algo relacionado con esta vieja virtud.

No ha tenido, que digamos, la paciencia demasiada buena prensa desde que Federico Engels y Carlos Marx consideraron los fenómenos religiosos como una escapada a la irrealidad, para evadirse de los conflictos y pesadumbres de este mundo, acusando especialmente a los cristianos de predicar a los pobres la paciencia para que no se rebelasen contra la injusticia: predicar esta virtud equivale, para ellos, a domesticar a los débiles; y practicarla, un sinónimo de la propia cobardía. Es más; fuera incluso de la onda marxista, muchas filosofías modernas del éxito y de la eficacia, muchos humanismos del superhombre, consideran eso de aguantarse como cosa empobrecedora y mansurrona. La equiparan, a lo sumo, a la resignación, una actitud más ambigua, desde luego, aunque lleve casi siempre el calificativo de cristiana.

Sí; ya sé que en el lenguaje común se utilizan indistintamente los dos nombres, pero debemos clarificar aquí los dos conceptos o, mejor, las dos actitudes. Diríase que la resignación tiene el sabor de tirar la toalla, mientras que la paciencia equivale a aguantar el tipo, sin perder la compostura.

Sobre la falta de paciencia que caracteriza a nuestra generación, Billy Graham comentó lo que sigue: “Ésta es una época altiva, neurótica y llena de impaciencia.

Nos apresuramos cuando no hay necesidad – sólo por apresurarnos. Esta época acelerada ha producido más problemas y menos moralidad que las generaciones anteriores, y nos ha provocado males nerviosos.

La impaciencia ha producido una secuela de hogares destruidos, úlceras, estrés, etc., y ha preparado la escena para más guerras mundiales. Venezuela, por hablar del país en que vivimos, la gente tiene una medida de paciencia muy elevada. Paciencia en la familia, paciencia con los vecinos, paciencia con el tráfico automotor congestionado y sin control, paciencia por la desidia, la ineptitud, la corrupción, etc. Víctima de sus efectos, la cotidianidad de los venezolanos se va haciendo cada vez más angustiosa, incierta y psicológicamente cargada hasta el hartazgo. Una reacción natural sin caer en la violencia es legítima. Huir de los planteamientos abstractos e impregnarlos de ascetismo y negativismo es una actitud ambigua. Muchas veces es inconveniente aguantar cuando no evolucionan en positivo las respuestas. El grande orador Cicerón, usó una invectiva contra Catilina en el Parlamento romano del templo, con estas palabras: “¿Quosque tandem abutere pazienza nuestra?” “¿Hasta cuando va a abusar de nuestra paciencia?” que popularmente se ha traducido “la paciencia tiene un límite”

 
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