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SOBRE LA LECTURA DEL EVANGELIO El texto que la liturgia de hoy nos propone, cierra el discurso de Jesús que se abre con las bienaventuranzas (Mt 5,1-12). Jesús "al ver a toda esa muchedumbre... subió al monte; allí se sentó… y les enseñaba" (Mt 5,1-2). Después de haber anunciado e inaugurado los nuevos tiempos de la conversión en vista del reino de los cielos que se acerca (Mt 4,17), Jesús presenta un programa completo, con un nuevo estilo de vida basado en su persona: Él es la "buena nueva del reino" (Mt 4,23) en la que se fundan los tiempos nuevos.
En este texto del séptimo capítulo Jesús reitera una vez más que entramos en el reino de los cielos eligiendo, a conciencia, los valores de este reino y haciéndolo con decisión y responsabilidad. Una decisión que se traduce en obras que se reconozcan: las obras de los "hijos de Dios" (Mt 5,9). Jesús aquí hace alusión no tanto a obras externas o a manifestaciones extraordinarias, sino que se refiere sobre todo al fundamento de la vida del discípulo: hacer "la voluntad de mi Padre que está en los cielos" (Mt 7,21). Muchos, ciertamente, profetizan en el nombre de Jesús, expulsan demonios y realizan prodigios al servicio de la evangelización (Mt 7,22). Pero Jesús no los reconoce ya que son "agentes de iniquidad" (Mt 7,23). Las palabras de desprecio dirigidas a éstos son fuertes y terribles ya que Jesús declama abiertamente: "Jamás os conocí; apartaos de mí" (Mt 5,23). Son frases que nos recuerdan las palabras del buen pastor, en el evangelio de Juan: "Yo soy el buen pastor y conozco mis ovejas, y mis ovejas me conocen" (Jn 10,14). Aquí se hace hincapié en la actitud de Jesús, que no se deja embaucar y sabe, siendo juez justo, quienes les pertenecen y quienes no. En el evangelio de Juan, encontramos lo mismo, por ejemplo con referencia a Judas Iscariote y a la elección de los doce: "Jesús respondió: Yo mismo los elegí a ustedes, los doce. Y, sin embargo, ¡uno de ustedes es un diablo!. Hablaba de Judas, hijo de Simón el Iscariote: era uno de los doce y lo traicionaría." (Jn 6,70); "No lo digo por todos ustedes; porque conozco a los que he escogido; y se va a verificar lo dicho por la escritura: El que come el pan conmigo se levantará contra mí." (Jn 13,18); "Ustedes no me escogieron a mí. Soy yo quien los escogió a ustedes y los he puesto para que vayan y produzcan fruto, y ese fruto permanezca. Y quiero que todo lo que pidan al Padre en mi nombre, Él se lo dé." (Jn 15,16). Un tema éste que es común también en el Antiguo Testamento. Por ejemplo, lo encontramos en Oseas, con relación al pueblo de Dios que a pesar de haber "rechazado el bien" grita: "Mi Dios, nosotros de Israel, ¡no te conocemos!" (Os 8,2-3). Las parábolas de las diez vírgenes (Mt 25,11-12; Lc 13,25), de las dos casas (Lc 6,46) nos hablan de esto. También algunos pasajes de los Hechos de los Apóstoles y de las cartas paulinas nos hacen notar esta realidad (He 8,9-13, 18-23; 2Ti 3,8-9, 1Co 4,20; Fil 3,7-9;) existente ya en la iglesia primitiva: es decir la presencia de los que cumplen un ministerio en nombre de Jesús, pero de hecho son agentes de iniquidad, desobedientes a la voluntad de Dios (Heb 4,6) y entonces no se enteran del reino. Por ello Pablo exhorta a los discípulos para que vivan "con sencillez de espíritu, no sirviendo sencillamente cuando los vigilan, o para que los hombres los feliciten, sino que sean como siervos de Cristo. Hagan su trabajo con empeño por el Señor, y no por los hombres" (Ef 6,6).
Jesús reconoce solamente como suyos, los que hacen la voluntad de su Padre (Mt 12,50; 21,29-31; Mc 3,35), porque él también es reconocido por esto (Jn 7,17). Pone en guardia a sus discípulos de los falsos profetas "que vienen a ustedes disfrazados de ovejas, cuando en realidad son lobos feroces" (Mt 7,15). En ese texto (Mt 7,22) el término "profetizar" se refiere al ministerio de la enseñanza con autoridad moral, hecha en nombre de Jesús, en la comunidad cristiana. A esto se refiere también Pablo en 1Cor 12,28 y Ef 4,11. Éste es uno de los dones, juntamente con el exorcismo y con la manifestación de otros prodigios, que contribuye a la edificación de la Iglesia facilitando la proclamación de la buena nueva. Por consiguiente es un don que, como cualquier otro don, trae consigo una gran responsabilidad. Los "agentes de iniquidad", aunque tengan dones, causan daño y ruina al edificio de la Iglesia (casa de Dios) con su hipocresía. Es posible que sea también éste el sentido de la parábola de Jesús sobre las dos casas construidas, una sobre arena y la otra sobre roca. Así que lo importante no es afanarse, sino construir sobre la palabra de Dios, poniéndola en práctica con docilidad y caridad, porque sin la caridad que nos une a Dios y a su voluntad no somos nada y nada nos sirve (1Cor 13,1-13). "Pasarán las profecías, callarán las lenguas y se perderá el conocimiento" (1 Cor 13,8). Solamente "la caridad nunca pasará" (1 Cor 13,8). LA CASA EN LA ROCA "Todos sabían, en tiempos de Jesús, que es de necios construir la propia casa sobre arena, en el fondo de los valles, en lugar de hacerlo en lo alto de la roca. Después de cada lluvia abundante se forma, en efecto, casi de inmediato un torrente que barre las casitas que encuentra a su paso. Jesús se basa en esta observación, que probablemente había hecho en persona, para construir a partir de ella la parábola de este domingo sobre las dos casas, que es como una doble parábola.
"Así pues todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca; cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos y embistieron contra aquella casa; pero no cayó, porque estaba cimentada sobre roca". Con simetría perfecta, variando sólo poquísimas palabras, Jesús presenta la misma escena en negativo: "Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena; cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina".
Construir la propia casa sobre arena quiere decir volver a poner las propias esperanzas y certezas en cosas inestables y aleatorias que no se sustraen al tiempo y a los vuelcos de fortuna. Tales son el dinero, el éxito, la propia salud. La experiencia lo pone ante nuestros ojos cada día: es muy poco lo que basta -un pequeño coágulo en la sangre, decía el filósofo Pascal- para que todo se derrumbe.
Construir la casa sobre roca quiere decir, al contrario, fundar la propia vida y las propias esperanzas en aquello que "los ladrones no pueden robar ni la polilla deshacer", sobre lo que no pasa. "Los cielos y la tierra pasarán -decía Jesús--, pero mis palabras no pasarán".
Construir la casa en la roca significa, muy sencillamente, construir en Dios. Él es la roca. Roca es uno de los símbolos preferidos de la Biblia para hablar de Dios: "Nuestro Dios es una roca eterna" (Is 26,4); "Él es la roca, perfecta es su obra" (Dt 32,4).
La casa construida sobre la roca ya existe; ¡se trata de entrar en ella! Es la Iglesia. No, evidentemente, la que está hecha a base de ladrillos, sino la formada por las "piedras vivas" que son los creyentes, edificados en la "piedra angular" que es Cristo Jesús. La casa en la roca es aquella de la que hablaba Jesús cuando decía a Simón: "Tú eres Pedro y sobre esta piedra (literalmente 'roca')" edificaré mi Iglesia (Mt 16, 18).
Fundar la propia vida sobre la roca significa por lo tanto vivir en la Iglesia; no quedarse fuera apuntando sólo el dedo contra las incoherencias y los defectos de los hombres de Iglesia. Del diluvio universal se salvaron sólo pocas almas, las que habían entrado con Noé en el arca; del diluvio del tiempo que todo engulle se salvan sólo los que entran en el arca nueva que es la Iglesia (cf. 1 P 3, 20). Esto no quiere decir que todos los que están fuera de ella no se salven; existe una pertenencia a la Iglesia de otro tipo, "conocida sólo a Dios", dice el Concilio Vaticano II respecto a quienes, sin conocer a Cristo, obran según los dictados de la propia conciencia.
El tema de la palabra de Dios, que está en el centro de las lecturas de este domingo y sobre el que se celebrará en octubre el próximo sínodo de los obispos, me sugiere una aplicación práctica. Dios se ha servido de la palabra para comunicarnos la vida y revelarnos la verdad. ¡Los seres humanos usamos a menudo la palabra para dar muerte y esconder la verdad! En la introducción a su famoso Dizionario delle opere e dei personaggi, Valentino Bompiani relata el siguiente episodio. En julio de 1938 tuvo lugar en Berlín el congreso internacional de los editores, en el que él también participó. La guerra se palpaba ya en el aire y el gobierno nazi se mostraba maestro en la manipulación de las palabras con fines de propaganda. El penúltimo día, Goebbels, que era ministro de Propaganda del Tercer Reich, invitó a los congresistas al aula del Parlamento. Se pidió a los delegados de los distintos países una palabra de saludo. Cuando llegó el turno a un editor sueco, éste subió al estrado y con voz grave pronunció estas palabras: "Señor Dios, debo pronunciar un discurso en alemán. Carezco de vocabulario y de gramática, y soy un pobre hombre perdido en el género de los nombres. No sé si la amistad es femenino o si el odio es masculino, o si el honor, la lealtad y la paz son neutros. Así que, Señor Dios, recobra las palabras y déjanos nuestra humanidad. Tal vez lograremos comprendernos y salvarnos". Estalló un aplauso, mientras Goebbels, que había captado la alusión, salía airado de la sala.
Un emperador chino, interrogado sobre qué era lo más urgente para mejorar el mundo, respondió sin dudar: ¡reformar las palabras! Quería decir: devolver a las palabras su verdadero significado. Tenía razón. Hay palabras que, poco a poco, han sido vaciadas completamente de su significado original y colmadas de un significado diametralmente opuesto. Su uso no puede más que resultar perjudicial. Es como poner en una botella de arsénico la etiqueta "digestivo efervescente": alguien se envenenará. Los Estados se han dotado de leyes severísimas contra los falsificadores de moneda, pero de ninguna contra la falsificación de las palabras. A ninguna palabra le ha ocurrido lo mismo que a la pobre palabra "amor". Un hombre abusa de una mujer y se justifica diciendo que lo ha hecho por amor. La expresión "hacer el amor" frecuentemente representa el acto más vulgar de egoísmo, en el que cada uno piensa en su satisfacción, ignorando totalmente al otro y reduciéndole a simple objeto.
La reflexión sobre la palabra de Dios nos puede ayudar, como se ve, también a reformar y rescatar de la vanidad la palabra de los hombres."
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