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escrito por Benjamín García Ferández
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domingo, 06 de julio de 2008
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Lo que desconocen los sabios
Este pasaje del evangelio se relaciona con los prodigios o signos realizados por Jesús en torno al lago de Tiberíades. La gente no estaba en sintonía y por tanto no entendió el significado de aquellos milagros. Vemos a Jesús orando en voz alta para dar gracias al Padre y Señor del universo, porque sólo los sencillos pueden entender "estas cosas" (Mt 11, 25-30). Jesús contrapone sabios o maestros de la Ley y sencillos o pueblo fiel. En el plan de Dios se invierten los papeles: los sabios no comprenden, los ignorantes entienden mucho de Dios. La teología y el sentido común no están siempre en la misma persona. Lamentablemente.
Agonizaba un famoso dominico profesor en la universidad de Salamanca. Fumaba tranquilo mientras explicaba la última lección teológica a quienes le cuidaban. Decía: el humo del cigarrillo pone en evidencia lo inútil de mis escritos de teología escolástica sobre Jesucristo. El amor de Dios es otra cosa. De hecho, otro dominico, nada menos que Santo Tomás de Aquino, no pudo terminar la Suma Teológica, su obra monumental, después de tener una fuerte experiencia de Dios en la oración. Todo lo escrito le parecía pasto seco frente a la bondad de Dios.
¿Es mejor ser bruto que ser culto? ¿Es mejor ignorar la teología que conocerla? No sería justo sacar de contexto las palabras de Jesús. Sus paisanos galileos no entendieron el sentido de sus milagros. Pero no se debió a la ignorancia religiosa, sino a los prejuicios legalistas y ritualistas que dominaban su religiosidad. De hecho, Jesús invita en este texto a los que están cansados y agobiados a que vengan a él. El peso de las leyes recaía, como siempre, en los pobres y sencillos.
En abril-2008 la periodista Adriana Rivera publicó en El Nacional un reportaje sobre "la antesala del infierno". Quien no tenga plata, está condenado fatalmente a perder en la cárcel El Rodeo hasta el último gramo de su dignidad. El yugo que impone Jesús es llevadero y sus cargas son livianas. No porque pesen poco, sino porque Dios mismo pone el hombro junto a la persona que sufre. Las cargas compartidas son cargas divididas.
No son muchas s las personas que se ofrecen a aliviar el cansancio de los demás. En las sociedades técnicas y desarrolladas prevalece el individualismo sobre la solidaridad. Es una maldición anexa al progreso. Sigue siendo cierto que la gente sencilla entiende "estas cosas" mejor que quienes se consideran autosuficientes.
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